Mis memorias favoritas de mi niñez son de la casa de mi abuelita, la quien conocíamos como Mama Zenita. Ella vivía en las afueras de la ciudad de México y su casa siempre estaba llena de alegría y del olor a mole o tortillas de maíz hechas a mano. Su hogar era el centro de todas nuestras reuniones familiares, las cuales extrañaba a menudo cuando nos mudamos a los Estados Unidos. Cada verano yo esperaba con entusiasmo ver de nuevo a mis tíos, tías, y primos en la casa de Mama Zenita. De niña, yo nunca dude que algún día yo también tendría una familia grande y que seguiría la tradición de Mama Zenita en llenar el hogar con mucha comida rica y con el sonido de niños jugando. En mi mente, solo era cuestión de cuándo. 

Pensé que ese día llegaría pronto después de conocer al amor de mi vida cuando cumplí 35 años. Para ese entonces, yo había sido la primera en mi familia de graduarme de la universidad y recibir mi título de doctora. Me mude más lejos para terminar el entrenamiento para mi especialidad y mis visitas a la casa de Mama Zenita eran menos frecuentes. Yo sabía que Dios acomoda todo a su tiempo y no me preocupaba en conocer mi pareja. Sin embargo, había veces en que me frustraba porque cada que hablaba con mis familiares, me contaban que todos mis primos ya se habían casado y tenían hijos. En familias mexicanas tradicionales como la mía, la carrera es valorada pero lo más importante es ser buena esposa y madre. Por lo tanto, creo que mi familia estaba más ansiosa que yo para que pronto me casara y “empezara” mi propria familia. 

Después de 5 años llenos de evaluaciones médicas y muchas oraciones, empecé a aceptar la triste realidad que mi sueño de tener varios hijos tal vez nunca se cumpliría. Me sentía aislada de mi familia. Ninguna de las mujeres que yo conocía había batallado con infertilidad. Estaba cansada no solamente físicamente sino también emocionalmente. Ya no podía enfrentar todas las preguntas; hasta los consejos que recibía eran hirientes. Siempre se trataban de tal persona que probo un remedio casero o que hizo una peregrinación, o pidió la intercesión de un santo que resulto en un embarazo. Empecé a llenarme de dudas. Me sentía deficiente como mujer y como esposa por no poder tener hijos. ¿Me preguntaba, será esto un castigo por mis pecados anteriores o por enfocarme en mi carrera? ¿A caso no rezaba lo suficiente? 

Cuando murió Mama Zenita, lamente mucho su perdida, así como también la perdida de los sueños que yo tenía de que mis hijos algún día la conocieran y que formaran sus proprios recuerdos con ella. Cuando mi papa murió, también sentí una gran perdida, no solo por él, sino porque mis hijos futuros no llegarían a escuchar sus historias y toda su sabiduría sobre la cultura mexicana que tanto le gustaba compartir. 

Encontrar Springs in the Desert fue una gran bendición para nosotros. El peso de la cruz que cargábamos silenciosamente era tremendo. El escuchar las historias de otras parejas fue un alivio porque nos dimos cuenta de que no estábamos solos y que las emociones que habíamos experimentado eran muy comunes. Cuando mi esposo y yo decidimos ya no seguir adelante con más tratamientos o evaluaciones médicas, sentimos que finalmente podíamos descansar. Entendimos que Dios en su infinita sabiduría y misericordia nos había unido con amor para amor y que tiene un plan maravilloso para nosotros. 

In los meses siguientes, empecé a sanar poco a poco. Entendí que mi identidad no es definida por el hecho de ser madre. Dios me ama simplemente por ser su hija, creada en su imagen. Mi punto de vista cambio a incluir diferentes formas de ser madre y volví a fortalecer las relaciones y amistades importantes en mi vida. ¡Comprendí que el no tener hijos no quería decir que éramos incompletos – ya somos una familia mi esposo y yo! Decidimos enfocarnos a escuchar el llamado de Dios para ver como podíamos ser fructíferos y llenar el mundo de su amor. Por ejemplo, sentimos que el Espíritu Santo nos guio a un ministerio dentro de nuestra iglesia que se dedica ayudar a personas sin hogar. Los dos disfrutamos mucho cocinar así que ahora preparamos comida para las personas más necesitadas varias veces al mes. Es una bendición poder compartir nuestros recursos con los demás, pero también hemos vuelto a encontrar el gozo de crecer juntos como pareja de una forma divertida y relajada. 

Aunque la experiencia de la infertilidad a veces es influenciada por nuestras raíces culturales, el dolor y la angustia son universales. En mi propria vida, yo aprendí que no tenemos que caminar solas porque Cristo ya ha pasado por sufrimiento para que nosotras podamos tener esperanza en la gloria que nos espera en la vida eterna. En los momentos más difíciles, recuerdo las palabras de nuestro salvador, “En este mundo afrontaran aflicciones, ¡pero anímense! Yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33). Mi oración para ti es que donde quiera que te encuentres, tu corazón se llene de paz sabiendo que Jesús siempre está a nuestro lado y que él te ama tal y como eres. 

Laura y su esposo viven en California y trabajan en especialidades médicas. En su tiempo libre, les encanta bailar salsa y bachata, cocinar, y viajar por el mundo. Han formado parte de la comunidad de Springs in the Desert desde el 2023.